6 de febrero de 2004

La Teta
Lázaro González Valdés


Tras medio siglo de hambre y escasez de todo tipo Kramer halló una teta botada al lado de un tacho de la basura situado en la vía pública. Quien se deshizo de ella parece que no tuvo valor para echarla entre las sobras pestilentes y la colocó en la acera. No era una teta sensual, obscena, prostituída sino lechera por lo que el hombre se inclinó sobre ella, la tomó cuidadosamente y arropándola debajo de la chaqueta inició el camino de regreso.

Al llegar a su apartamento Kramer colocó a la teta entre las dos almohadas de la cama, la frotó con un poco de alcohol de botica y la cubrió con el edredón para que se calentara.

-    ¡Qué día este, caray! Uno no espera nada bueno después de tanta desgracia  -susurró Kramer refiriéndose al régimen comunista imperante en su país natal.


Con 51 años el hombre sólo conocía ese tipo de gobierno. De la democracia casi no tenía información porque la policía política destruyó todos los receptores de radio y televisión, las computadoras, los teléfonos, los libros, los periódicos y revistas que tenía la población. También se prohibió el turismo, el comercio con otras naciones y se dictaron leyes que castigaban con penas desde 30 años de cárcel hasta muerte por fusilamiento a cualquier individuo que le ocuparan lápiz o papel entre sus propiedades. Los poetas, escritores y periodistas fueron confinados en campos de concentración llamados “unidades militares de reeducación moral”. En las escuelas no había ni pizarras ni tizas para que los maestros explicaran las clases y el sistema educacional prohibía los temas  referentes a naciones cuyos gobiernos no fueran comunistas. Sin embargo, ocasionalmente circulaban de boca en boca comentarios sobre la democracia y vagas referencias de las libertades básicas del hombre.

Como todo habitante de Avuk, excepto los miembros del partido comunista, Kramer se gana la vida en el empleo que le designó el Estado Socialista Avukiano, reside en el apartamento indicado por el compañero director de la fábrica de granadas antitanques donde trabaja, recibe atención médica en la “policlínica popular”, se viste, se calza y se alimenta con los productos que le vende el Ministerio de Atención al Hombre por la “cartilla de repartición equitativa”, procedimiento que no garantiza los productos básicos para la vida.

-  Si esta teta diera leche podría alimentarme como los funcionarios  -especuló Kramer al tiempo que mezclaba un poco de alcohol de botica con agua y una cucharadita de azúcar morena.

Luego de revolver el brebaje con una cucharita plástica se lo bebió en dos sorbos, se acostó en la cama al lado de la teta y se quedó dormido contemplándola.

Al otro día, antes de irse para la fábrica, Kramer frotó nuevamente a la teta con alcohol y la acomodó entre las almohadas para que descansara. “Quizás se repone y me premia con un poquito de leche de vez en cuando”  -pensó cuando cerraba la puerta del apartamento.

La jornada laboral fue como siempre, un infierno. El jefe de tornería gritándole a Kramer y demás especialistas lo mismo que el jefe de sección le había gritado a él antes: “¡Por la patria, por el socialismo, tenemos que cumplir las metas de producción!”. Esta consigna proviene del Secretariado del Comité Central del Partido Comunista de Avuk (se dice que todos los eslóganes son creados por el primer secretario Ledif), de donde desciende a los organismos provinciales, municipales, sectoriales y de base de esa organización política, que por principio constitucional es “inamovible” y “único órgano rector de la sociedad y del Estado”.

Mientras Kramer se acercaba a su vivienda lo embargó la tristeza. “No voy a ser tan afortunado de que la teta sobreviva y también dé leche como para tomarme a veces un vaso de ese alimento exclusivo de funcionarios  -sentenció mentalmente.

Cuando introdujo la llave en la cerradura Kramer estaba convencido de que tendría que deshacerse del cuerpo inerte de la teta.  “La sacaré con mucho cuidado, porque si algún delator de la zona me ve con un paquete sospechoso de seguro que llama a la policía, y la tiraré en el mismo sitio que la encontré”  -planeó el hombre.

Pero fue tremendo el asombro de Kramer cuando vio que no sólo estaba viva sino que tenía excelente aspecto físico. La piel de la teta estaba rosada, tersa, brillante. Parecía mucho más grande que ayer y se le notaba ese movimiento particular, acompasado, hacia arriba y hacia abajo.

Se sentó junto a ella y la cargó. Estrechándola contra su pecho Kramer meció cariñosamente a la teta. No podía contener su alegría y la chiqueaba: “Tetica, ...tetica ... tetica mía”. Después de mecerla como si fuera un bebé, la volvió a colocar entre las almohadas y la masajeó con ambas manos para beneficiar su circulación sanguínea. 

Esa noche Kramer durmió con su mano derecha sobre la teta. Por primera vez en su vida el hombre no tuvo aquella pesadilla que lo perseguía desde que tenía uso de razón y en la cual veía como una turba de personas vestidas con uniforme militar verde oliva le hacían tragar montones de periódicos y revistas multicolores al tiempo que vociferaban: “¡No querías informarte, pues traga, traga, traga este es tu derecho a saber!”.

Cuando amaneció Kramer se despidió de la teta besándola. El hombre quedó trémulo, fascinado con el calor y la fragancia que despedía. Mientras torneaba los pasadores de seguridad que garantizan que las granadas no exploten mientras esas piezas no sean retiradas por quien las lanza, Kramer se imaginaba acariciando a la teta.

-¡Cuidado con la cuchilla y las manos! -le advirtió el tornero de la derecha al verlo que no se percataba del peligro.

- ¡Oh, es que estoy soñoliento hoy -agradeciò Kramer mientras apartaba sus manos de la cuchilla del torno.

Durante dos meses Kramer cuidó a la teta como lo hubiera hecho cualquier experto. La frotaba con alcohol, la masajeaba, la cargaba, la besaba ...  y hasta la sacaba escondida de vez en cuando para que tomara el fresco de las noches de verano.

Por su parte, la teta se repuso totalmente. Aumentó considerablemente de peso y no parecía que alguna vez hubiera estado abandonada al pie de un depósito de desechos.

El día tremendo fue cuando Kramer llegó de la fábrica, cargó a la teta como acostumbraba pero sin querer le apretó el pezón y un chorro enorme de leche lo golpeó en el rostro con fuerza. Parte del alimento mojó los labios del tornero que, al saborearlo, no pudo contenerse:  -¡Gracias, gracias, ahora podré reponerme de la desnutrición que padezco  -exclamó.

En verdad Kramer estaba desnutrido. Con seis pies y dos pulgadas de alto su peso no rebasaba las 130 libras. Pero él no era la excepción sino la regla, pues en cualquier nación sometida por los comunistas las tetas son exclusivas de quienes detentan el poder. Por supuesto, el aparato de propaganda ideológica y subversión internacionalista recalca el hecho de que el Partido Comunista de Avuk asigna y garantiza a precio módico una cuota de 250 mililitros de leche diaria a cada niño menor de siete años. Pero después de esa edad nadie vuelve a saborear el susodicho alimento.

Por tanto, desde que Kramer cumplió esa edad (hacía 44 años) no había vuelto a probar leche. Sin embargo, ahora tenía la posibilidad de ingerir ese producto igual que hacían los oficiales de la policía política y otros funcionarios comunistas que exhiben voluminosas barrigas.

Kramer aprovechó bien la oportunidad porque, sin descuidar a la teta ni explotarla indebidamente, tomaba diariamente cuanta leche podía.

Por su lado, la teta, agradecida, cada vez daba más leche por lo que Kramer comenzó a tener un excedente del alimento que cambiaba por raciones de pan, café, azúcar y pastas a personas de su confianza.

Café con leche y pan, pan y café con leche, Kramer aumentaba de peso. Ya no era el enjuto tornero que cada día llegaba a su apartamento arrastrando los pies de cansancio, de debilidad ... de hambre. Ahora se le veía moverse con agilidad, con alegría.

-    No parece  -analizaban otros-,  porque si estuviera enfermo no tendría esa sonrisa constante ni sobre cumpliera las normas de producción como sólo él hace en esta fábrica.

Sin embargo, Kramer nunca sospechó la desgracia que le sobrevendría. Si lo hubiera sabido con seguridad habría preferido retornar a la era de la pesadilla en que la turba de militares le embutía revistas y periódicos por la boca.

La desgracia sorprendió a Kramer al año y seis meses de haber recogido a la teta. En ese momento el tornero tenía 220 libras de peso corporal y era el trabajador vanguardia de la fábrica de granadas antitanques y del ramo de la industria militar.

El día fatal Kramer llegó a su apartamento y al ver a tres agentes policiales hizo por retirarse del sitio diciéndoles:  -Me equivoqué de puerta, disculpen.

-    No, no se equivoca usted Kramer. Esta es su vivienda y lo estamos esperando  -dijo el oficial a cargo del operativo levantando a la teta entre sus manos.

-    Pero ... yo ... no .... no he hecho ... nada  -balbuceó Kramer.

-    ¿Qué usted insinúa, sujeto, que el Ministerio del Interior de Avuk dice mentiras?  -chilló otro con grado de teniente.

-    Yo ... yo ... no ... he ... dicho ... nada  -alegó Kramer.

-¡Ahh, te creíste inteligente y ahora te cagas en los pantalones cuando te enfrentas a la legalidad socialista  -remató el tercero que exhibía las barras de cabo en su uniforme.

Kramer iba a tratar de decir alguna frase en su defensa pero el jefe del operativo, con grados de coronel, sentenció:  -Ciudadano Kramer, por posesión ilegal de tetas para dirigentes, queda arrestado en nombre del Estado Socialista Avukiano.

Dicho esto el teniente se abalanzó sobre el tornero, lo proyecto contra el piso y lo inmovilizó con una técnica de artes marciales. El cabo lo esposó y después con la ayuda del teniente lo introdujo en el auto oficial de la policía en que lo trasladaron hacia el Departamento de Investigaciones Anticomunistas, donde Kramer permaneció incomunicado tres semanas hasta el día del juicio.

Cuando lo sacaron del calabozo para presentarlo en el Tribunal Socialista Supremo de Avuk estaba irreconocible. Pesaba 86 libras y apenas podía arrastrar los pies para desplazarse. Entró a la Sala de Delitos contra la Seguridad del Estado sostenido por dos policías que lo sentaron en el banquillo de los acusados.

Luego de la lectura del acta acusatoria, de las declaraciones de los testigos falsos y de la actuación del fiscal general en persona, el abogado defensor fingió que defendía a Kramer mientras los tres jueces del tribunal simulaban escucharlo. Uno de ellos casi se cae de la silla al quedarse completamente dormido durante la exposición de la defensa.

Cuando el jefe de la Sala de Delitos contra la Seguridad del Estado le comunicó a Kramer que lo habían condenado a 30 años de prisión que debía cumplir en el Combinado Carcelario del Oeste de Avuk, el tornero no se turbó porque el coronel que lo arrestó y después estuvo a cargo de los interrogatorios, la investigación e instrucción de la causa criminal le había pronosticado esos 30 años que ahora le ratificaba el juez. Kramer sabía que cuando un funcionario de ese rango señala un castigo no hay tribunal que pueda contradecir su decisión porque esas personas son como la encarnación del Estado mismo.

Mientras lo trasladaban hacia la penitenciaría donde debía comenzar a expirar la pena de 30 años de cárcel, Kramer no dejaba de pensar en la teta.  -¿Dónde estará? ¿Cuál es su suerte? ¿Cómo la tratarán? ¿Seguirá dando leche? ¿Quién se la tomará?  -eran las interrogantes que lo acosaban desde el arresto.

Llegó a la prisión cuando anochecía. Le quitaron las esposas, lo bajaron del carro jaula, lo fotografiaron de frente y perfil, le tomaron impresiones digitales por enésima vez y lo condujeron a una barraca con paredes de hormigón armado, techo de tejas, ventanas con rejas de acero, puerta de hierro con varios cerrojos y candados. En ese local, con un área de 150 metros cuadrados, estaban hacinados 180 hombres de diversas edades y condenas.

Kramer hizo el número 181 en la barraca #2 del penal, en torno al que había más alambradas que las usadas en la primera y segunda guerras mundiales, torres de vigilancia para guardias armados con ametralladoras, y perros amaestrados por hambre para atacar a cualquier recluso que milagrosamente atravesara aquella fortaleza de concreto y alambre de púas.

Tras el chirrido de la puerta de hierro los carceleros lanzaron a Kramer dentro de la barraca. No había ninguna litera vacía y por tanto tuvo que sentarse en un espacio libre ubicado cerca de las letrinas desbordadas de orine y heces malolientes.

-    Oye, tú,por qué estás aquí?  -le preguntó un tipo tan parecido a él que Kramer pensó podría ser su imagen si estuviera frente a un espejo.

-    Me agarraron con una teta y me echaron 30 años  -respondió Kramer.

-Ja, ja, ja, - otro que cogen con la boca en la teta  -exclamó el prisionero en alta voz.

-    Esa teta es irresistibble. Si sigue así el gobierno de Ledif tendrá que construir más cárceles  -dijo alguien desde una de las literas ubicadas frente a Kramer.

-    ¿Cómo dice usted?  -cuestionó Kramer poniéndose de pie y avanzando hacia el hombre tendido en la litera.

-    Lo que oye  -repitió el preso de la litera-,  esa teta es irresistible. Por su culpa hay cientos de encarcelados.

-    ¿Por qué; por su culpa?  -indagó Kramer.

El preso de la litera se sentó en ella dejando colgados los pies en el vacío. Miró hacia Kramer y le preguntó:  -¿Usted encontró la teta aabandonada al lado de un tacho de la basura?.

-Sì.

-¿La llevò para su casa, la cuidó, y despuès ella le daba leche y màs leche?

Sì.

-¿No es usted de profesiòn tornero?

-&Sì. Pero, ¿còmo tù sabes acerca de mì y de la teta?

El recluso descendiò de la litera. Puso su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Kramer y le dijo: -Todos en esta barraca estamos presos por la misma teta. Ya sabíamos que vendría el tornero porque nos sacan a trabajar día por día a una fábrica de granadas antitanques que está aquí cerca, en las afueras del penal, y hace un año y pico que el otro tornero enfermó pero al infeliz lo hicieron trabajar hasta que murió hace tres semanas. Por tanto, cuando te trajeron yo sabía que eras el relevo.

Kramer perdió el habla. En los días siguientes pudo confirmar que todos los prisioneros de la barraca #2, incluyéndolo ahora a él, laboran en la industria de granadas antitanques cercana a la penitenciaría. También supo que la fábrica donde era tornero antes de ser encerrado quebró por falta de fondos para salarios y los equipos fueron desmontados y trasladados para ampliar la instalación donde él y los demás presos trabajan sin recibir ningún salario por ello.

Más tarde Kramer averiguó que la teta era un cebo de la policía política para ocupar las plazas vacantes de la industria militar, cuya nueva política laboral logró sustituir la mano de obra asalariada por la de reclusos que sólo reciben por paga tratos crueles e inhumanos.

Se dice que a los tres años de encierro Kramer estabilizó su peso corporal en 120 libras pero que sigue desplazándose con dificultad pues arrastra los pies cada vez más. Ha perdido casi toda la cabellera, tiene un tic en los labios y delante de él no se pueden pronunciar las palabras “teta” ni “leche” porque cae en crisis nerviosa que le puede durar dos o tres semanas. Los pronósticos apuntan a que le queda poco de vida. Sin embargo, también se sabe que el operativo no se detiene y que la policía política tiene arrestado a otro tornero que juzgarán por tenencia ilegal de teta para uso de funcionarios comunistas


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