10 de diciembre de 2003

"Sin azúcar no hay país ..."
Mario J. Viera


Los hacendados de la República solían emplear el lema “sin azúcar no hay país” con el cual pretendían demostrar que la producción azucarera era para Cuba como la sangre dentro de las venas de un animal vivo: indispensable y vital.

Los detractores del latifundismo azucarero atacaban con furia lo que a su juicio constituía el suicidio económico para la isla: la existencia del monocultivo azucarero y la dependencia de éste a un mercado único, el norteamericano.

Los dos grupos constituían el equilibrio dialéctico de la realidad económica de la Cuba pre castrista. El sí y el no. La unidad de la diversidad de una República que a trancazos iba madurando política, institucional y cívicamente. Las contingencias de mercado resaltaban el ser de esa unidad de contrarios. Si el precio del azúcar caía, la economía se contraía y se generaban trastornos y convulsiones políticas. “Sin azúcar no hay país ...”, afirmaban convencidos los hacendados. Sus detractores les replicaban: “La dependencia económica al azúcar y al mercado americano nos hunde…”.

Si por azares del intercambio, la existencia de una crisis, la entrada en guerra de Estados Unidos de América o cualquier otra causa, los precios del azúcar se disparaban y se amasaban fortunas, los hacendados volvían a la carga para demostrar que gracias a la pujante producción azucarera de los cientos de centrales del país Cuba avanzaba en su desarrollo y en su bienestar ambiental…”sin azúcar no hay país…”

Sin embargo, llegó el día en que la triunfante revolución barrió con los hacendados y el Estado se apoderó de los centrales azucareros y de todas las tierras donde se cultivaba y cosechaba la gramínea. Surgió entonces un nuevo nombre para las zafras cañeras, el de “Zafra del Pueblo”, y todos irían a brindar su sudor sobre los campos cañeros, a picar caña, a destruir plantones, a fabricar azúcar con elevadísimo costo social.

Se hicieron planes. Planes Quinquenales les denominaron y se trazaron metas de tantas y tantas caballerías a sembrar, de tantas de primavera, de tantas de frío… Había que hacer millones de arrobas. Se quemaron los campos para facilitar el corte; se introdujeron equipos pesados de cosecha en suelos arcillosos que se compactaban. No importaba que el humus del suelo desapareciera y que los campos se sembraran después de laboreos breves con menos de sesenta días de elaboración. La hierba crecía entre las plántulas de caña… y se hacían “campañas de resiembra” para suplir los vacíos por el empleo de semillas (estacas o trozos de caña) defectuosas o envejecidas o por el ataque de las plantas indeseables compitiendo por los nutrientes del suelo, el agua y el sol.

Los rendimientos comenzaron a declinar. El campo que antes podía producir 100 mil arrobas por caballería o más, ahora se le tenía por excelente si se aproximaba a los 60 mil arrobas de caña por caballería. Si antes, cuando los hacendados regían la producción azucarera, un campo cortado se llevaba a molienda antes de las 48 horas del corte ahora podía permanecer sobre el surco hasta por 72 horas y al central llegaba un verdadero medio de cultivo de hongos y bacterias que invertían los azúcares y mermaban los rendimientos azucareros.

Como los comunistas se consideran “renovadores” e “innovadores”, sustituyeron viejas variedades ya probadas en muchas zafras e introdujeron otras nuevas, algunas magníficas como la Barbado 2364 y la Jaronú 60-5 (ésta obtenida en el país), pero descuidaron medidas como la cuarentena y la roya asoló a la Barbado mientras que otras variedades sufrieron las infecciones del carbón de la caña.  El “muerto” se lo echarían al “imperialismo”. Así, si se perdía en la agricultura se ganaba en la propaganda paranoica de “agresiones biológicas” de la CIA y sus agentes encubiertos.

La industria azucarera comenzó a declinar muy a pesar del crecimiento extensivo de las áreas bajo cultivo cañero.  Cuba se había liberado del dogal del mercado americano… ahora era la azucarera del CAME. Y como había que producir azúcar para ese mercado que a cambio le daba al gobierno aviones de combate MIG, armas, tanques de guerra, mísiles, carne enlatada, tractores, no quedó más remedio que fabricar azúcar a toda costa y a cualquier costo.

Pero en 1991 se desplomó el imperio soviético, desapareció el CAME, se acabaron los subsidios y Cuba se quedó con una industria azucarera arruinada, ineficiente e incapaz de competir en el mercado mundial. Había llegado el ocaso azucarero de Cuba, el triste fin de una tradición secular. Desde ese momento las zafras han sido cada vez más reducidas, alcanzando niveles de producción que habían sido superados varias décadas antes. La excusa del fracaso es la manoseada del “criminal bloqueo americano”.  La realidad es que ya se habían establecido las causas de la ruina azucarera del país aun cuando todavía existía el bloque comunista europeo.  Si en 1991 se hubiera levantado el embargo estadounidense, en el 2003 el resultado habría sido el mismo.  Adiós a la industria azucarera. Otro cadáver del que el régimen de Castro es también culpable.

Contemplando la ruina económica, urbanística, cívica de la Cuba actual, no cabe otra cosa que pensar si acaso a los hacendados de la República no les faltaba razón cuando afirmaban que “sin azúcar no hay país”.


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